RE-CONOCIENDO, RE-VALORANDO Y PROTEGIENDO EL PATRIMONIO VIVIENTE DE LIMA
jueves, 24 de mayo de 2007
EXPEDICION 001
la misión de este fin de semana: retratar "el amor y el desamor", el espacio geográfico nuestro Comité 14, dos equipos de trabajo, dos cámaras digitales, 5 facilitadores y los mejores fotógrafos emergentes, adolescentes exploradores-guardaciudades...
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sábado, 12 de mayo de 2007
17 SUPER

El viernes 11 de mayo ejercitamos el concepto del enmarcado de la realidad y el con-tacto con aquello que observamos, nos convertimos en sujetos de nuestra propia observación al colocarnos dentro de los porta retratos que fabricamos como oportunos regalos a nuestras madres en su día (felíz día a todas ellas este domingo 13). Son los primeros pasos hacia el re-conocimiento de todo aquello que observamos, exploraremos y protegeremos.
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Saludos Exploradores-Guardaciudades. [se viene un gran desafío para el próximo domingo :]
jueves, 10 de mayo de 2007
ELOGIO A LOS HACEDORES DE CIUDAD
[adaptación del texto original]
El Agustino es un lugar con altos relieves, llanura y río “hablador”. Un sitio que fue bautizo con la frescura de “todas las sangres” del país; siendo marcado por un conjunto de sueños y realizaciones de gente incontenible. Un lugar que aún sigue forjándose con manos de piel negra, blanca, amarilla, cobriza, y entremezcladas, y que no cesan en tocarse, saludarse, sujetarse; en jugar, trabajar y luchar, como una comunidad. La historia de El Agustino empezó con las locas ilusiones de miles de campesinos que salieron de su pueblo para llegar a la capital.
La ocupación de los cerros de El Agustino data de la década 40 y 50 del siglo pasado, teniendo como antecedente las grandes oleadas migratorias de la zona centro y sur del país: Huancaínos, ayacuchanos, apurimeños, huancavelicanos y chinchanos. Todos mezclados durante el proceso de conquista de aquellos cerros que se veían pelados durante los meses de verano y verdosos en la primavera.
Cuentan nuestros sabios ancianos y sabias ancianas que la ocupación de los cerros se inició con la aparición del fenómeno de la “parada”, con la inauguración del Mercado Mayorista en el año 1945. “La Parada” no era como la conocemos hoy; era por el contrario un espacio donde los campesinos comercializaban directamente sus productos agrícolas para generarse una economía propia y familiar; ganancia que al menos les ayude a cubrir sus gastos de subsistencia: Vestido, zapatos, transporte, etc. Esta actividad gradualmente fue estableciendo una relación de interdependencia entre la variada oferta del campo y el consumo permanente, masivo y exigente de una población limeña que crecía. Sin embargo, los campesinos en esta interdependencia descubrieron algo más importante, la oportunidad que estaban esperando para salir de la triste situación de miseria, ignorancia y exclusión social del mundo rural.
Este importante descubrimiento en el imaginario popular fue transformándose en el “mito del progreso”. Es decir, que la Lima criolla se había convertido en el sueño y el camino de millares de campesinos que siempre buscaron mejorar su calidad vida. Solo tenían una ruta, una oportunidad, aventurarse a vivir en la egoísta capital del Perú: Lima. Evidentemente, Lima tenía todo la riqueza que otros peruanos no gozaban. Probablemente que extrañarían el color y el perfume de las flores de retama, pero valía la pena arriesgar viajando a Lima; porque allí estaba centralizado las condiciones necesarias para progresar: Economía, educación, política, desarrollo tecnológico y cultural, etc.
Es durante esa etapa de la historia peruana aparecen sorpresivamente las primeras ocupaciones de los cerros de San Cosme y el Pino, que actualmente son parte de la jurisdicción del distrito de la Victoria; poco después, se ocupan los cerros de San Pedro, Santa Clara de Bellaluz, El Agustino, Santa Isabel, Independiente, 7 de octubre, entre otros, que en la actualidad pertenecen al territorio del distrito de El Agustino.
[…]
Los medios de prensa en aquellos tiempos titulaban a estos acontecimientos sociales como un mal social, mostrando su indignación, asco y repudio. Pareciera como si Lima hubiera sufrido una catástrofe o un terremoto de larga duración. Todas las acciones de ocupación de los cerros fueron consideradas como actos delictivos que iban contra los intereses, el orden y la tranquilidad de los capitalinos. Siendo las autoridades y policías los principales enemigos de los nuevos habitantes.
No cabe duda que la ocupación de los cerros ha sido una epopeya que nunca antes se había visto en El Perú; donde los verdaderos héroes resultaron ser hombres y mujeres con rasgos andinos; con rostros misteriosos que empezaban a tener nombres propios. Hombres y mujeres que provenían de diversas comunidades campesinas y que nunca habían sido escuchados ni atendidos por el Estado peruano o el “papá gobierno”.
Los limeños o “criollos” no podían aceptar esta usurpación, calificaron a los actos violentos de los migrantes andinos como “invasiones”. “Invasiones” de gente extraña [...] a quienes les estaba prohibido habitar en Lima, porque Lima era exclusivo solo para los limeños. Contrariamente los migrantes consideraron que sus actos eran de “expropiación”, que tenían el derecho de posesionarse en los terrenos altos de Lima para resolver sus auténticos problemas humanos.
Los términos de “invasiones” o “invasores” hasta ahora se recuerdan con indignación por parte del antiguo agustino o precursores del distrito de El Agustino. Se había iniciado un enfrentamiento entre dos culturas antagónicas: La cultura migrante y la cultura limeña. Lamentablemente las consecuencias de esta larga lucha recayó sobre el sector más débil, dejando cientos de heridos, muertos, encarcelados y perseguidos. Sin embargo, la terquedad andina, la fuerza comunitaria, la audacia e inteligencia de sus líderes y caudillos se impuso en el campo de batalla, así como el cóndor del “yawar fiesta” a picotazos logra enloquecer al toro occidental.
Finalmente la Ley 13517, denominado Ley de Barrios, promulgado a inicios de los años 60, reconoció a las zonas marginales como asentamientos humanos surgidos de las ocupaciones violentas en la zona de los cerros. Noticia que se propalo en un instante como un eco sonoro. No hubo palabras para expresarlo, pero desde los humildes hogares de los cerros brotaban lágrimas y sonrisas que mojaban alegremente las calles y los callejones inclinados y polvorientos, cruzando por la avenida Riva Agüero hasta llegar al río Rímac.
Hombres y mujeres de rostro milenario que lo habían dejado completamente todo, por fin habían logrado que se les reconociera el derecho a la vivienda. Era su primera batalla ganada a punta de esteras, piedras y palos; con la cruz de madera lijada o de gruesos troncos clavada en la cúspide de los cerros; con los sonidos de las arpas, violines y quenas; con sus danzas de tijeras, de huaylas, y de yunzas coloridas; a punta de chicha de jora y puca picante.
Durante el fragor de la lucha fueron testigos directos del nacimiento de una nueva generación de jóvenes que llevaban en sus venas la historia de la conquista de las alturas de la Lima-Limeña. En adelante esta nueva generación tendría otros desafíos, como la lucha por servicios básicos, la crisis económica, la dictadura militar y el terrorismo. Cabe resaltar que esta generación de migrantes culminó su protagonismo histórico con la fundación del distrito de El Agustino, fundación que tiene como fecha el 6 de enero de 1965.
Con estos acontecimientos y otros parecidos, Lima ya no era la misma; ni tampoco el Perú. El rostro de Lima empezaba a mutar inevitablemente. Una nueva raza de ciudadanos y ciudadanas surgía en la vida de la Lima limeña.

